jueves, 20 de marzo de 2014

El Greco y Platero en el recuerdo




Cuando mi querida amiga Inma Contreras , con su habitual gusto por la mescolanza, me habló de este proyecto, no conseguí ver una posible línea de trabajo. La verdad, El Greco y Juan Ramón Jiménez me parecían dos figuras demasiado alejadas en el tiempo y en el espacio como para tener algo en común. Sin embargo, estaban entrelazadas en algún rincón de mi memoria.

Como alumna de colegio religioso que fui, pasé largas horas estudiando un catecismo de contenido preconciliar que tenía en la portada una imagen del Cristo Salvador de El Greco. Esa figura casi humana, alargada a la española, con el rostro pálido y la mirada vigilante, no era más que la de un salvator mundi al uso. Sin embargo, su túnica roja llamaba poderosamente mi atención. Ese fogonazo pasional tan solo atenuado por la luz celestial no me parecía de recibo.

Aburrida por lo que se decía en la tarima, la observación minuciosa de la obra del cretense que contenía el librillo pasó a ser mi única actividad en clase de religión. Del Catolicismo dejó de interesarme el fondo. Ya solo quería forma. Esas extrañas combinaciones cromáticas me fascinaban. Sin duda, la emoción me llegaba a través del color, que no del texto. El momento apoteósico era encontrar la magnífica Pentecostés de armonías imposibles, figuras largas de cabeza pequeña y miradas místicas, inundadas por la luz del Espíritu Santo que causa estragos en sus ropajes. Emoción y posesión, gestualidad y locura. Lenguas de fuego que llevaban a la convulsión, palabras ignotas que expresaban el éxtasis (Hechos 2:1-13).
Así que decidí hacer hablar a El Greco.Tal heterodoxia graffitera me costó barrer la capilla y una terrible reprimenda por parte de una monja zamorana. He aquí una versión moderna de mi osadía.



Algo parecido debió ocurrirme con Platero. Lo leí a los once años. Sus colores no me pasaron desapercibidos: esos rojos amapolados, esos negros peceños, esos verdes que la poderosa luz del sur convierte en glaucos, los ocres rutilantes, el alba nacarada  y el atardecer moracho. Y, en el centro, la humilde figura del rucio ceniciento. Así que, en un acto vandálico y sublime, decidí pintarlo. Aún conservo esa vieja edición, muestra de mi lectura entre sensual y pueril.




Este es un año para repintar el Platero y dar que hablar a El Greco. Buscad el/la niñx que fuisteis y acercaros a ellos con ojos infantiles y lápices de colores. Os sorprenderán sus semejanzas.

Aquí os dejo un webmix de recursos para acercar Platero a vuestro alumnado. Que disfruten.




Rosa Díez Domènech
                                                                                          Teacher Rose

Y compartir en las redes , tiene efectos cómo éste:-)